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Terra
La Coctelera

Enrique Morente, un jirón de eternidad

Por vocación, estudios, nacimiento y crecimiento, puedo ufanarme de pertenecer a la época científica de la humanidad. Ésta, como sucesora de la época mágica, en la que conjuros, dioses y espíritus eran los principales responsables de la marcha del cosmos...

Sin embargo, ahora que el gran cantaor Enrique Morente ha muerto, recuerdo la ocasión en que su cante jondo me hizo sentir y participar de un ritual mágico rescatado de tiempos incontables, uno de esos que pueden causar lluvias, despertar tormentas o sacudir los pilares del tiempo.

Sí, suena exagerado, lo sé. Fue un simple concierto en el Teatro de la Ciudad hará unos tres o cuatro años.

Y quizá, cuando Morente y sus músicos tocaron y cantaron, no eran capaces de realizar los prodigios que dije más arriba, pero de que podían despertar a un par de espíritus (que siempre son más elegantes que los simples fantasmas) no me cabe duda.

Amén de esa impresión, también recuerdo otras tres cosas:
Casi todas las canciones empezaban con la antonomástica queja "Ay".

Los guitarristas hacían cosas, que me lo digan a mí que algo ese instrumento, que no se pueden, humanamente, hacer.

Y la tercera es una frase.

Morente de pronto se puso hablar... con su cerrao acento andalu' apenas se podían pescar arguna' fraseh.

Sin embargo escuché con toda claridad que a su pasó por México, algunos años atrás, había dejando "grandes amigos y jirones de alma".

"Jirones de alma", dijo.

Y yo le creí, aunque supuse que simplemente habría venido a cantar y a pasar algunos días de asueto. Pero alguien como él da la impresión de tener un alma tan grande y deshilachada que al dar la vuelta en una esquina o pasar por una puerta entreabierta, pues se le desgarra, y sí, deja jirones de alma por doquier... de hecho tengo la certeza de, esa noche, haberme quedado con uno de ellos.

Morente vive, es cosa de conjurarlo, no más.

La libertad de ser mejores... o peores

Quise adaptar al blog esta nota que publiqué hace unos días en El Economista sobre el libro La libertad de ser distinto de Oscar de la Borbolla. Siento que, en medio de la redacción del diario, no tuve espacio ni tiempo para desarrollar mis ideas adecuadamente, por lo menos no a la altura de este libro que me gustó muchísimo

Pero a cada intento de tratar de mejorarla me quedaba peor así que mejor la dejo tal cual.


Lo único malo, de verdad lo único, de La libertad de ser distinto (Plaza y Janés, 174pp) de Oscar de la Borbolla, es la portada.

Parece de libro de consejos bobos de superación personal, cuando en realidad se trata de un libro de género inclasificable repleto de sabiduría y humor.

La estructura del libro es muy clara. Está divido en temas como "Sospechas", "Deseos", "Coartadas" y "Mentiras". Sobra cada tema hay ocho apartados.

Y ahí comienzan las complicaciones pues cada apartado es indefinible.

Hay ideas como esta, de "Laberintos": "La perversidad del laberinto consiste en que traiciona la esencia del camino: éste ya no es para ir de un punto a otro, sino para no poder ir".

O esta otra de "Silencios": El silencio cómplice es lo realmente escandaloso... El silencio comprado con dinero es el que no cesa de gritar".

También hay relatos. En "Muertes", por ejemplo, se cuenta la triste historia de Pico y Paco, dos pollos mascotas cuya llegada a la cazuela del mole cuando su dueño y cuidador tiene apenas seis años, es una muestra de lo mucho que una muerte nos enseña, nos hace crecer y nos curte.

En "Rostros" está la historia de "un jefe inepto que por poco me convierte en asesino".

También podemos encontrar dudas trascendentales, convicciones tambaleantes, anécdotas personales que más bien parecen fábulas y, sobre, todo, algunos chistes que de tan finos quizá los debemos llamar, con respeto, reducciones al absurdo, ejemplos de ese humor que, más que carcajadas, despierta lo que busca el autor: "la sonrisa cómplice de la inteligencia".

ANCESTROS COMUNES

Pero si dentro de los géneros literarios no es fácil encontrar los antecedentes de Óscar (perdón la familiaridad, pero después de leerlo y charlar con él aunque sea sólo unos minutos es inevitable sentirse amigo del señor De la Borbolla), sus ancestros entre los filósofos en esto de "agarrar a la desgracia con sentido del humor" brotan por doquier.

Él cita a Diógenes, Leibnitz, Cioran y pone como ejemplo a Cándido, el personaje de Voltaire, que mientras es azotado piensa sobre la fortuna de vivir en el mejor de los mundos posibles, tal como le dijo su maestro de filosofía.

LA LECCIÓN

No hace falta leer mucho para darnos cuenta de que De la Borbolla no sólo sabe muchas cosas, también es más listo que la mayor parte de la gente que podemos conocer. Y entonces nos damos cuenta de todo lo que el libro nos puede ayudar: si a este tipo tan listo y sabio le han pasado las mismas cosas buenas y malas que a nosotros, entonces no estamos tan mal.

"El más perverso de los laberintos, sin embargo, no es aquel que no tiene salida, sino el que tampoco tiene entrada: para estar en esos laberintos hay que nacer en ellos: la vida humana es este laberinto", escribe Óscar. Podemos intuir que si para entrar al laberinto hay que nacer, para salir habría que... pero, ¿quién quiere salir si puede tener una guía para perderse en laberinto como La libertad de ser distinto?

Vamos a cambiar al mundo

Tarde o temprano, todos lo decimos. Sólo cambia una palabra y, a veces, el género: "Una __________ (digamos película, novela, obra de teatro, canción, serie de televisión, cuadro o casi casi lo que sea)  no va a cambiar al mundo".

Y por más que la frase parezca una verdad evidente, de esas que se demuestran a sí mismas, no es del todo cierta.

Los cuentos, sinfonías, poemas y hasta jardines sí cambian al mundo.

El efecto de una sola de estas obras quizá es poco perceptible, imposible de medir, pero existe, es un pequeño cambio en el mundo que, como los aletazos de una mariposa en Tokio que pueden llegar a causar un huracán en las Antillas o como el mosquito que pisa Homero Simpson en el Pleistocen que hace que su familia sea gigante en la actualidad, puede tener enormes e impensables consecuencias.

Pero me estoy adelantando. Primero tengo que explicarles cómo sé, y no sólo intuyo, que hay obras de arte o de entretenimiento que cambian la vida de las personas.

En Superfreakonomics, Levitt y Dubner citan un estudio que demuestra (con datos duros) que la televisión por cable ha contribuido a disminuir la violencia doméstica (que es una forma un tanto neutra, en este caso, de referirse al maltrato a las mujeres) en la India. No sólo porque en las encuestas así lo dice la gente, sino por datos como que en los lugares que durante más tiempo han tenido el servicio de televisión la escolaridad de las niñas es mayor.

Imposible, e intrascendente, saber si en un caso particular, una de esas mujeres indias decidió defenderse después de ver en Movie City a Lara Croft poniéndole una maraca a Alex West (Daniel Craig) en Tomb Raider o por ver varios capítulos de Mujeres desesperadas, o si fue el marido el que pensó que tal vez le gustaría más vivir con una mujer como Angelina Jolie o Eva Longoria, lo es lo cierto es que es el conjunto el que importa.

Por cierto, no podemos dejar de mencionar que un efecto benéfico demostrado no implica que todo sea maravilloso.

La añeja discusión de si los juguetes bélicos o Rambo o han influido para que esta sea una sociedad violenta y para que los soldados estadounidenses mantengan sus guerras con medio mundo... aunque ahí el petróleo parece pesar más que la televisión.

Pero dejémonos de la India y EU, ¿y México? ¿La actual ola de violencia es culpa de las películas de los Almada? ¿Contribuirán El infierno o Capadocia a disminuirla o lo hará una canción de Natalia Lafourcade, o la de Jaime López y Aleks Syntek?

No podemos saberlo, sólo podemos seguir tratando que nuestras pequeñas acciones, entre las cuales desde luego se apresta a inscribirse esta columna, logren cambiar al mundo.

Lo unico malo verdad unico la libertad ser

Lo único malo, de verdad lo único, de La libertad de ser distinto (Plaza y Janés, 174pp) de Oscar de la Borbolla, es la portada.

Parece de libro de consejos bobos de superación personal, cuando en realidad se trata de un libro de género inclasificable repleto de sabiduría y humor.

Aunque también es cierto que después de leerlo uno se siente una mejor persona. Eso no se puede negar, aun cuando el libro esté lleno, como dice el propio autor, de "pensamientos amargos".

¿QUÉ ES?

La estructura del libro es muy clara. Está divido en temas como "Sospechas", "Deseos", "Coartadas" y "Mentiras". Sobra cada tema hay ocho apartados.
Y ahí comienzan las complicaciones pues cada apartado es indefinible.

Hay ideas como esta, de "Laberintos": "La perversidad del laberinto consiste en que traiciona la esencia del camino: éste ya no es para ir de un punto a otro, sino para no poder ir".

O esta otra de "Silencios": El silencio cómplice es lo realmente escandaloso... El silencio comprado con dinero es el que no cesa de gritar".

También hay relatos. En "Muertes", por ejemplo, se cuenta la triste historia de Pico y Paco, dos pollos mascotas cuya llegada a la cazuela del mole cuando su dueño y cuidador tiene apenas seis años, es una muestra de lo mucho que una muerte nos enseña, nos hace crecer y nos curte.

En "Rostros" está la historia de "un jefe inepto que por poco me convierte en asesino".

También podemos encontrar dudas trascendentales, convicciones tambaleantes, anécdotas personales que más bien parecen fábulas y, sobre, todo, algunos chistes que de tan finos quizá los debemos llamar, con respeto, reducciones al absurdo, ejemplos de ese humor que, más que carcajadas, despierta lo que busca el autor: "la sonrisa cómplice de la inteligencia".

ANCESTROS COMUNES

Pero si dentro de los géneros literarios no es fácil encontrar los antecedentes de Óscar (perdón la familiaridad, pero después de leerlo y charlar con él aunque sea sólo unos minutos es inevitable sentirse amigo del señor De la Borbolla), sus ancestros entre los filósofos en esto de "agarrar a la desgracia con sentido del humor" brotan por doquier.

Él cita a Diógenes, Leibnitz, Cioran y pone como ejemplo a Cándido, el personaje de Voltaire, que mientras es azotado piensa sobre la fortuna de vivir en el mejor de los mundos posibles, tal como le dijo su maestro de filosofía, de lo contrario la paliza podría ser mucho peor.

LA LECCIÓN

No hace falta leer mucho para darnos cuenta de que De la Borbolla no sólo sabe muchas cosas, también es más listo que la mayor parte de la gente que podemos conocer. Y entonces nos damos cuenta de todo lo que el libro nos puede ayudar: si a este tipo tan listo y sabio le han pasado las mismas cosas buenas y malas que a uno, entonces no estamos tan mal.

"El más perverso de los laberintos, sin embargo, no es aquel que no tiene salida, sino el que tampoco tiene entrada: para estar en esos laberintos hay que nacer en ellos: la vida humana es este laberinto", escribe Óscar. Podemos intuir que si para entrar al laberinto hay que nacer, para salir habría que... pero, ¿quién quiere salir si puede tener una guía para perderse en laberinto como La libertad de ser distinto?

La campana de la Independencia: Música de fiesta y reflexión

Esta nota se publicó el viernes 17 en el periódico... Y estoy seguro de que nadie la leyó, así que la pongo aquí.

Mucho se ha criticado (desde antes de su realización) al desfile y la ceremonia del Grito de la Independencia bajo el argumento de que "los mexicanos no estamos para fiestas sino para reflexionar sobre cómo llegamos a la situación actual, tan precaria desde muchos puntos de vista".

Pero no cabe duda de que varias reflexiones y discusiones se han hecho a cargo de múltiples creadores e historiadores.

Y una de las más interesantes es el recién salido disco La Campana de la Independencia. Marcha Heroica de la pianista Silvia Navarrete, que invita a una reflexión que sólo es posible a través del arte.

Al compás de la historia
El disco está basado en una intensa investigación, lo que le permite rescatar, por ejemplo, "el ejemplar musical más antiguo del México independiente", una partitura de 1826 del michoacano Mariano Elízaga, quien sería el primer músico (del que tenemos registro) de la entonces incipiente nación.

Otra joya que tiene el disco es la Marcha fúnebre. En memoria del Emperador Maximiliano de México, que compuso Franz Lizst, a la que acompaña, en el cuadernillo, con una gloriosa y patriótica declaración del emperador, he aquí un fragmento:
"... voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!"

Y una más es el rescate de música del compositor catalán Jaime Nunó, la pieza "Adiós a México", una de las pocas obras que se conservan del compositor cuyo triunfo en el certamen para la composición del Himno Nacional (según nos enteramos por el cuadernillo) siempre se vio con desconfianza dada la gran amistad que tenía con Antonio López de Santa Anna, que hiciera la convocatoria en su undécima presidencia.

Los otros sentimientos de la nación


Pero la reflexión a la que invita el disco, más que de hechos, es de emociones. El eje es el disco no el cuadernilo que lo acompaña.
Así, podemos destacar particularmente el "Vals jarabe" de Anicento Ortega, magnífica pieza que une un género popular y burlón con la refinada danza que se bailaba en las cortes imperiales de, digamos, Iturbide y Maximiliano.

Del mismo modo, la lúgubre "Marcha fúnebre" de Liszt da una idea clara del horror que sintió Europa ante el fusilamiento de Maximiliano, y "Adiós a México" da testimonio del apreció que tuvo Nunó por el país al que puso marchar a su ritmo.

Sin embargo, en lo personal, la más notable y quizá la más mexicana de las obras de este álbum es la "Balada Mexicana", de Manuel M. Ponce.

Nos faltan héroes de película

Ahora que me entero que se va a hacer una película del Chapulín Colorado, recupero un texto que escribí en mi columna de la revista Dónde ir de agosto...

A este país, México, por si me lees en algún otro lado, lo que le falta son héroes, y le sobran síndromes; héroes de película y síndromes reales.

En realidad no se trata de decir "Oh, y ahora quién podrá defendernos" para que aparezca un héroe que nos salve a los mexicanos. No se trata de eso por varias razones.

(La razón cero la agregó ahora que encontré esta imagen en internet y es justamente que la imagen del Chapulín como héroe deja mucho que desear )

La primera es porque, de funcionar el conjuro (y parece que ya funcionó), aparecería el Chapulín Colorado, personaje cuya imborrable permanencia, lo convierte más en un síndrome que en un héroe, el síndrome de "no se nos ocurre nada nuevo".

Además, el Chapulín está casi tan viejo como su creador, Roberto Gómez Bolaños, que si bien tiene mucho mérito por haberlo creado, se quedó corto pues no logró hacerlo arquetípico, como Batman o Supermán, de los que una legión de escritores, dibujantes, actores, directores y demás se han apropiado para mantenerlos con vida y buena salud.

En dado caso, el Chapulín es una mexicanización de esos héroes, con lo que evidencia otro síndrome, el más grave, el de "los mexicanos podremos ser chistosos y tener buen corazón, pero somos chiquitos, no muy listos ni muy fuertes, tramposos, mentirosos, convenencieros y nada heroicos, si acaso caricaturas de héroes".

Y, por si lo anterior fuera poco, no aparecería el Chapulín en sí sino, dada la premisa de este texto, una película suya, lo cual ya sería el colmo.

Me explico. En su libro Atention Deficit Disorder. A different Perception, Thom Hartman dice que hay ideas que nos dan poder y otras que nos lo quitan. Decirle a un niño que tiene una cosa llamada Trastorno de Déficit de Atención (el famoso TDA o, en inglés, ADD) es imbuirle una idea que le quita poder, le dice que está mal (tiene un trastorno) y que le falta algo (es deficitario).

Espero, lector, que no hayas visto la película Percy Jackson y el ladrón del rayo, porque gracias al director Chris Columbus resultó bastante mala aunque está basada en la magnífica novela homónima de Rick Riordan, en la que un niño con TDA descubre que le cuesta trabajo poner atención en las clases de las escuelas para seres humanos por las mismas características que, como semidios que es, le permiten luchar contra el Minotauro y las Furias de Hades.

Para un niño con TDA (o hasta para un adulto como quien esto escribe) esa una idea que da poder, si no uno sobrenatural y mitológico sí, al menos, uno que se llama confianza en uno mismo.

El fracaso de la cinta de Columbus es tal que no parece que vaya a haber continuación (por cierto, ya están en español cuatro de los cinco libros de la serie), eso no significa que Percy Jackso, aunque deba confinarse a los libros, no siga siendo un "héroe de película" como los que necesitamos los mexicanos.

Y es que necesitamos ideas que nos den poder, que nos convenzan de que no es malo, vergonzoso o menor ser mexicano, y esas ideas sólo pueden provenir del mundo de la ficción, y tendrían que llegar a la más convincente forma de contar historias que tenemos, que es el cine.

Porque los héroes y sus poderes no existen en la realidad, aunque sí pueden modificarla por completo.

¿Le parece imposible? No lo es tanto, en realidad ya tuvimos algunos héroes de película que, por decirlo de algún modo, no cantaban mal las rancheras.

Roger Waters, otra vez no

Debo ser el único fan del rock de mi generación (y de otras, como se puede ver en las recomendaciones musicales de Concepción Moreno) que no está ilusionado con la idea de ir a escuchar a Roger Waters tocando The Wall en vivo en el Palacio de los Deportes.
De la misma forma en que creo que haber sido el único cronista que confesó abierta y públicamente haberse aburrido hace algunos años cuando Waters vino a tocar, además de algo de su material como solista, Dark Side of the Moon en el Foro Sol.
Ambas excepciones están relacionadas, por supuesto.
No se trata de una animadversión contra el que reconozco que ha sido uno de los máximos genios-héroes-estrellas musicales del siglo XX. Al contrario, no me cabe duda de que yo era uno de los fans del rock de mi generación que con más ilusión fue al concierto de Dark Side of the Moon (me sé las casi todas las letras y siempre pongo a "Money" como ejemplo de una gran canción que puede hacer accesible un tiempo difícil, el 7/4). Tampoco me cabe duda de que por eso la decepción me pareció tan grande y dolorosa. El pedestal en que yo tenía a Waters era alto.
¿En qué consistió esa decepción? A ver si puedo explicarlo...

Igualito
El otro día, paseando por el cuadrante radiofónico (qué bonito es el castellano y qué fea es la palabra zapping, por cierto), me detuve en una estación de esas que dependen de una televisora y escuché una enorme tontería contradictoria.
Unos locutores hablaban sobre un grupo que había tocado en vivo y que, a juicio de uno de ellos, la banda lo habían hecho "muy bien", tan bien que había sonado "igualito al disco"...
Por eso aclaré que la estación, que no supe cuál era, estaba ligada a una televisora, pues sólo de un medio acostumbrado a la mediocridad del playback podía salir semejante declaración.
Porque todo músico que se respete a sí mismo sabe que una presentación en vivo debe sonar mucho, muchísimo mejor que una grabación, que debe crear una sinergia con el público que haga crecer y (perdón por la cursilería, pero así es) le dé vida a la música.
Vamos, hasta un DJ, que no genera propiamente la música sino que la saca de grabaciones, lo sabe y, si es bueno, lo hace.
Sólo un músico chafa, que en realidad no sabe tocar su instrumento o cantar, aspira a "sonar como el disco", es decir, sólo espera que le salgan las partes difíciles, no equivocarse.

Vergüenza universal
Pues bien, una cosa es que un grupo toque en un concierto de una radiodifusora mexicana y toque quién sabe qué canciones tan bien "como en el disco", lo cual no está tan mal, y otra que llegue Roger Waters con un grupo a tocar una de las máximas obras del rock y sólo suene "como en el disco".
El primer caso puede ser considerado una vergüenza nacional y el segundo es más bien universal.
Y eso fue lo que pasó en el Foro Sol. Daba casi lo mismo poner el Dark Side of the Moon bien fuertote y poner a la banda a hacer como que tocaba. Y el casi es porque pequeños errorcillos (sobre todo del guitarrista que quería imitar a David Gilmour) hacían que no sonaran exactamente igual. E insisto, eran errores no diferencias interpretativas.
Qué diferencia con The Police, que llegó al mismo foro con absolutamente todas sus canciones retrabajadas, distintas, emocionantes, renovadas, nada que ver con las de los discos.

Ahí sí, ni hablar
Claro que el trío de Sting, Copeland y Summers estaba completo y tal vez Waters no esté ebn posibilidades de hacer interpretaciones sin arriesgarse a una demanda millonaria de sus ex colegas, en especial del quisquilloso Gilmour.
Ahí si ni hablar...
Pero entonces habrá que poner el ejemplo de Paul McCartney, que con una superbanda mejora las canciones de The Beatles sin alterar las notas (bueno, Abe Laboriel sí sale con más tambores y mejor usados que Ringo Starr). Deep Purple también lo hace con sus nuevos integrantes, pone sorpresas, cambia solos... Vamos, hasta The Doors, que no pueden llamarse así sino Riders on the Storm, con su imitador de Jim Morrison suenan mejor que sus discos.
...
¿Que los discos sobreproducidos de Pink Floyd sonaban mejor que los de los grupos que he mencionado? ¿Que no es justo pedir que se haga una versión en vivo que modifique tamañas obras de arte?
Muy cierto. Ahí sí, también, ni hablar.
Pero el disco también suena bien en mi casa. De hecho suena igual y estoy más cómodo que en el Foro Sol y puedo invitar a mis amigos sin que tengan que pagar hasta $4,000, o ver la película o imaginarme cosas más amables que unos cuates haciendo como que se emocionan o se inspiran al tocar otra vez las notas que ni siquiera se inventaron ellos (salvo Waters).

Pero igual iré
Pero igual iré al concierto y no sólo porque me saldrá gratis (si es que aún me quieren invitar después de este post).
Iré con la esperanza de que Waters esté a la altura de su leyenda y nos ofrezca algo más que el disco bien fuertote... Algo más desde el punto de vista musical, se entiende. La escenografía y lo que suceda en las pantallas gigantes seguramente serán espectaculares, pero bueno, es lo mínimo que se le puede pedir a un espectáculo, ¿no?
De igual manera, lo mínimo que se le puede pedir a este músico que se presenta en vivo es que haga música viva.
Y más a este músico, que se salió de Pink Floyd justamente porque sentía que la banda se escudaba en la escenografía y tenía cada vez menos contacto con el público.
Y más con The Wall, que, entre otros muchos significados, tiene también el de esa barrera entre los músicos y su público...
No podemos aún saber si esa esperanza es fundada. La gira empieza el 15 de septiembre en Toronto (nada tiene que ver con el Bicentenario, ese que también vamos a poder "vivir a través de pantallas gigantes")...
...
Sirva esta manifestación de desconfianza para que el pedestal no sea tan alto... Porque en el fondo sé que Waters es grande, que The Wall es su obra maestra y que, a diferencia del Dark Side of the Moon, es más suya que de Pink Floyd.

Cambia mi vida por una guitarra

Hoy comienza el Festival de México con la esperanzadora ópera basada en Camelia la Texana (que sin duda será un hito en la historia del arte de este país), Únicamente la verdad. Pero más allá de que tengo la confianza de que el FMX estará a la altura de su pretencioso nuevo nombre (no olvidemos que en este país existen más de 400 festivales artísticos y culturales y que la mamá de todos ellos es el Cervantino), de lo que quiero hablarles es de un modesto festival que se hace en Culiacán y que literalmente me cambió la vida.

No estoy exagerando, la décima edición del Festival Internacional de la Guitarra que se llevó a cabo en esa ciudad sinaloense la semana pasada me devolvió la fe.

Tal vez no estoy hablando de una fe muy importante, como la que se puede depositar en un dios o en la humanidad, es sólo la fe en los guitarristas, pero en mi caso particular es fundamental porque yo soy un guitarrista.

Así pues, lector, tenme paciencia porque creo que estoy ante uno de esos casos en los que lo particular puede llevarnos a conclusiones universales... Así que voy a explicar con detalles y antecedentes lo que me sucedió con la esperanza de encontrar esas conclusiones al final...

Yo, el renegado

Soy un guitarrista renegado. Hace cerca de 20 años decidí no ir más a recitales de guitarristas solistas. Esta decisión tan rotunda la tomé después de asistir a un ciclo en el que me aburrí enormidades. Hubo un guitarrista en particular (no diré quién, claro, porque creo que es muy bueno, tengo dos o tres discos suyos) que me hizo "comprender" que en este mundo será difícil encontrar algo más aburrido arriba de un escenario que un señor sentado con una guitarra entre las rodillas y medio escondido detrás de una partitura.

Sólo en dos ocasiones en esos 20 años rompí mi regla. Una porque yo era el señor (un muchacho entonces) escondido detrás de la partitura (nos presentamos todos los alumnos de mi escuela de guitarra) y la otra porque vino John Williams, para mi gusto el Mejor Guitarrista del Mundo, a tocar al Teatro de la Ciudad.

Estuve a punto de romperla una tercera vez cuando Pepe Romero (otro Mejor Guitarrista del Mundo) estuvo en la Nezahualcóyotl, pero algo se atravesó, no fui, y, tonto de mí, no lo lamenté.

Miedo al osazo

En Culiacán, la verdad tenía miedo. Me había levantado muy temprano y jugado un partido de futbol agotador, en el aeropuerto y el avión bebí un par de cervezas y a pesar de tener sueño no me pude dormir una siesta, y después de los infames cacahuates del avión fui a comer unos tacos... bastantes, suficientes como para dormirme una siesta, pero no, había que ir al concierto...

Tenía miedo. Me iba a quedar dormido. El crítico musical, invitado por andar de presumido de que toca un poco de guitarra clásica, se iba a poner a roncar a medio recital...

Pero no. La presentación de Dominic Frasca resultó cualquier cosa menos aburrida. Al día siguiente, Pavel Steidl confirmaría mi nuevo aprendizaje: un concierto de guitarra sola puede ser no sólo muy entretenido, también emocionante y divertido.

Un acto de fe

Lo curioso del asunto es que Frasca y Steidl se sitúan en extremos opuestos del arte guitarrístico. El primero encuentra en la tecnología (el video, el procesamiento del sonido, las modificaciones a la guitarra) la forma de darle dinamismo a sus recitales. Bien por él.

Pero el título de Mejor Guitarrista del Mundo (uno más, y qué) sería para el checo Pavel Steidl, que para dar un magnífico recital de guitarra sólo necesita... ¡una guitarra!

Bueno, una guitarra, muchos años de estudio y una filosofía en qué apoyarse, y aquí estamos llegando por fin al meollo del asunto, porque el libro que le cambió la vida al guitarrista checo que me cambió la vida a mí es uno que debo tener en algún lado y que no he leído probablemente por un prejuicio similar al que un guitarrista demasiado serio me generó hace veinte años.

Pavel Steidl es checo pero es muy mexicano. Además de en Culiacán ha estado en el DF, en Mérida, Taxco, Ensenada y, claro, en Paracho, donde se compró una guitarra.

Cuando le pregunto cómo enfrenta el miedo al escenario me contesta que "en eso también México me ha ayudado. Sigo una filosofía tolteca".

Esa filosofía la toma de Los cuatro acuerdos, libro de Miguel Ruiz que, asegura Pavel, está cambiando a la gente en la república checa.

Por lo pronto a él lo ha enseñado a dominar el miedo, pero también a darse cuenta de que el miedo a equivocarse en una nota es el más peligroso que puede tener un músico. "Porque seguro te vas a equivocar. Si sales a tocar con ese miedo te preocupas por tocar sin errores y no por hacer música".

La filosofía tolteca ha enseñado a Pavel, quien suele dar clases magistrales, que "ser maestro es ser una guía entre tú y tu alma. No pretendo enseñar y decir cómo se deben tocar las piezas, sino ayudarte a que las toques como tú las quieras tocar".

Ahora que lo pienso, detecté dos errores pequeños en el recital de Pavel Steidl, mismo que por otra parte fue un éxito y terminó con el público aplaudiendo de pie y tuvo momentos de auténticas carcajadas; mientras que al guitarrista aquel que me dio sueño hace veinte años no le encontré un solo error, no antes de dormirme.

En busca de conclusiones

Te toca, lector (si llegaste hasta acá), el turno de preguntarme cómo fue que me cambió la vida, más allá de que ahora sí me propongo ir a recitales de guitarra clásica.

Primero, supongo que comprenderás que el hecho no es menor pues es una revaloración completa de una actividad a la que en algún momento pensé dedicar mi vida.

Pero si buscamos algo más general, supongo que debe haber una gran lección en todo esto, una que me permita alejarme de prejuicios, que me ayude a no temer lo inevitable y que, ya en mi caso muy personal, me permita volver a tocar la guitarra, no digamos en público, en presencia de familiares y amigos sin que me tiemblen las manos...

Espero aprender esa lección.

Espero, como editor de cultura, transmitir la idea de que el arte nos da lecciones más importantes que las que se encuentran en los libros de texto, lecciones que pueden cambiarnos la vida... o al menos no los hacérnoslo creer, lo que ya es bastante