Esta nota se publicó el viernes 17 en el periódico... Y estoy seguro de que nadie la leyó, así que la pongo aquí.

Mucho se ha criticado (desde antes de su realización) al desfile y la ceremonia del Grito de la Independencia bajo el argumento de que "los mexicanos no estamos para fiestas sino para reflexionar sobre cómo llegamos a la situación actual, tan precaria desde muchos puntos de vista".

Pero no cabe duda de que varias reflexiones y discusiones se han hecho a cargo de múltiples creadores e historiadores.

Y una de las más interesantes es el recién salido disco La Campana de la Independencia. Marcha Heroica de la pianista Silvia Navarrete, que invita a una reflexión que sólo es posible a través del arte.

Al compás de la historia
El disco está basado en una intensa investigación, lo que le permite rescatar, por ejemplo, "el ejemplar musical más antiguo del México independiente", una partitura de 1826 del michoacano Mariano Elízaga, quien sería el primer músico (del que tenemos registro) de la entonces incipiente nación.

Otra joya que tiene el disco es la Marcha fúnebre. En memoria del Emperador Maximiliano de México, que compuso Franz Lizst, a la que acompaña, en el cuadernillo, con una gloriosa y patriótica declaración del emperador, he aquí un fragmento:
"... voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!"

Y una más es el rescate de música del compositor catalán Jaime Nunó, la pieza "Adiós a México", una de las pocas obras que se conservan del compositor cuyo triunfo en el certamen para la composición del Himno Nacional (según nos enteramos por el cuadernillo) siempre se vio con desconfianza dada la gran amistad que tenía con Antonio López de Santa Anna, que hiciera la convocatoria en su undécima presidencia.

Los otros sentimientos de la nación


Pero la reflexión a la que invita el disco, más que de hechos, es de emociones. El eje es el disco no el cuadernilo que lo acompaña.
Así, podemos destacar particularmente el "Vals jarabe" de Anicento Ortega, magnífica pieza que une un género popular y burlón con la refinada danza que se bailaba en las cortes imperiales de, digamos, Iturbide y Maximiliano.

Del mismo modo, la lúgubre "Marcha fúnebre" de Liszt da una idea clara del horror que sintió Europa ante el fusilamiento de Maximiliano, y "Adiós a México" da testimonio del apreció que tuvo Nunó por el país al que puso marchar a su ritmo.

Sin embargo, en lo personal, la más notable y quizá la más mexicana de las obras de este álbum es la "Balada Mexicana", de Manuel M. Ponce.