Por vocación, estudios, nacimiento y crecimiento, puedo ufanarme de pertenecer a la época científica de la humanidad. Ésta, como sucesora de la época mágica, en la que conjuros, dioses y espíritus eran los principales responsables de la marcha del cosmos...

Sin embargo, ahora que el gran cantaor Enrique Morente ha muerto, recuerdo la ocasión en que su cante jondo me hizo sentir y participar de un ritual mágico rescatado de tiempos incontables, uno de esos que pueden causar lluvias, despertar tormentas o sacudir los pilares del tiempo.

Sí, suena exagerado, lo sé. Fue un simple concierto en el Teatro de la Ciudad hará unos tres o cuatro años.

Y quizá, cuando Morente y sus músicos tocaron y cantaron, no eran capaces de realizar los prodigios que dije más arriba, pero de que podían despertar a un par de espíritus (que siempre son más elegantes que los simples fantasmas) no me cabe duda.

Amén de esa impresión, también recuerdo otras tres cosas:
Casi todas las canciones empezaban con la antonomástica queja "Ay".

Los guitarristas hacían cosas, que me lo digan a mí que algo ese instrumento, que no se pueden, humanamente, hacer.

Y la tercera es una frase.

Morente de pronto se puso hablar... con su cerrao acento andalu' apenas se podían pescar arguna' fraseh.

Sin embargo escuché con toda claridad que a su pasó por México, algunos años atrás, había dejando "grandes amigos y jirones de alma".

"Jirones de alma", dijo.

Y yo le creí, aunque supuse que simplemente habría venido a cantar y a pasar algunos días de asueto. Pero alguien como él da la impresión de tener un alma tan grande y deshilachada que al dar la vuelta en una esquina o pasar por una puerta entreabierta, pues se le desgarra, y sí, deja jirones de alma por doquier... de hecho tengo la certeza de, esa noche, haberme quedado con uno de ellos.

Morente vive, es cosa de conjurarlo, no más.